Acabo de volver a ver la adaptación al cine de uno de mis libros favoritos de todos los tiempos: “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco.
Se da la circunstancia, además, de que últimamente me interesa el tema de las adaptaciones de libros al cine o a series de televisión. Me sorprende la fiereza con la que muchos lectores se quejan cuando consideran que una adaptación no está bien hecha, sea lo que sea lo que entendamos por bien hecha. Reacciones típicas son las de considerar que se ha destrozado el original o traicionado a su autora, por no mencionar expresiones más escatológicas.
Volviendo a “El nombre de la rosa”, tenía un recuerdo vago de que a Eco no le había gustado la adaptación dirigida por Jean Jacques Annaud, así que me puse a investigar un poco para confirmarlo. Sobre todo porque el mismo Eco ya había hablado de las novelas como máquinas de generar interpretaciones, añadiendo en tono irónico que “el autor debería morirse para facilitar el camino al texto.”
Una adaptación a otro medio no deja de ser una interpretación de la obra adaptada. La adaptadora toma de la obra original aquello que le haya intrigado, interpelado o llamado más la atención. O quizá, simplemente, lo que funciona mejor en el nuevo medio. Esa es una decisión consciente.
Tras el inesperado éxito popular de la novela, trufada de digresiones históricas y textos en latín, Eco escribió un ensayo, casi más bien colección de pequeños ensayos hilvanados, titulado “Apostillas al nombre de la rosa” en el que reflexiona sobre el proceso de escritura de la novela, pero también sobre la creación literaria, la novela histórica, la novela policíaca, y el diálogo de la obra con otros libros y lectores. Es en esta publicación en donde Eco comenta las variopintas reacciones de lectores a la novela, tanto de los académicos como los más ingenuos. Ahí se incluyen tanto los expertos capaces de encontrar relaciones de la novela con otras obras o ideas medioevales y modernas, como los lectores ingenuos que no entendían ni pío de los debates teológicos, las historias de las herejías, o las citas latinas, pero que eran incapaces de saltarse esas partes, como era mi caso.
De forma bastante coherente con lo anterior, la reacción del autor a la versión cinematográfica de la novela me parece elegante. Para empezar, no participó en, ni supervisó, la escritura del guion, salvo requerir que tuviese un tono “europeo” y no hollywoodiense. Cuando habló con Annaud, le dijo que tenía que hacer su propia película, pues él ya había escrito su novela. Así pues, tampoco llegó a pronunciarse nunca con una valoración artística del largometraje, más allá de afirmar que reconocía que la obra se sostiene por sí misma y tiene su propia vida.
https://www.elmundo.es/cultura/cine/2026/07/05/6a4a5421fdddff004f8b456f.html
https://elpais.com/diario/1986/10/20/cultura/530146812_850215.html
Tampoco asistió al estreno, pues se consideraba de algún modo un espectador no válido para esa ocasión. Hay que mencionar que desarrolló una buena relación personal con el director. Incluso asistió al rodaje para conocer a Sean Connery, actor al que no veía como Guillermo de Baskerville, pero que resultó ser el intérprete perfecto, pese a tener una conversación reducida al fútbol. Eco había pensado en Robert de Niro, el cual quería tener un duelo de espadas entre Guillermo y Bernardo, lo que aconsejaba mantenerlo lejos de la producción.
También reconoció que Annaud no había tenido más remedio que seleccionar. Introdujo una metáfora que lo explica muy bien: la novela es un sandwich con muchos ingredientes. Para la película tienes que reducir el número y quedarte con uno o dos. El director decidió centrar la obra en la parte puramente policíaca, la sucesión de crímenes en la abadía. Sin embargo, la crítica italiana la puso a caer de un burro. Tanto es así, que se la ocultaron en su día.
https://www.sputnikdos.com/2016/02/umberto-eco-el-novelista-el-lector-el.html
La película me parece buena, aunque no es excepcional, y se sostiene por sí misma. No necesitas haber leído el libro para seguirla. El argumento es bastante fiel al libro, exceptuando el final. Hay quien lo considera demasiado feliz, pero yo diría que simplemente es algo menos triste, pues la campesina sobrevive y Bernardo Gui muere. Sin embargo, también se trata de cerrar estas tramas. En el libro sabemos que la campesina será quemada como bruja para ejemplarizar al pueblo, y que Bernardo se ha marchado de la Abadía satisfecho con sus propios triunfos: desbaratar la reunión y llevarse algunos trofeos que exhibir. Mientras tanto, Guillermo y Adso vuelven a sus vidas habiendo encontrado al asesino, incapaces de celebrarlo por la pérdida de los valiosos tesoros de la Biblioteca y de las vidas de los monjes.
Por otra parte, tiene una ambientación muy lograda, representando una edad media oscura y sucia. Los actores que hacen de monjes forman un grupo variopinto y hasta cierto punto extravagante, con fisonomías inquietantes muchas veces, pero que consiguen aportar la verosimilitud que se podría haber perdido de haber recurrido a actores más convencionales.
La novela es ciertamente compleja. No tanto en su estructura narrativa, que es básicamente lineal y un poco episódica, en tanto que organizada en torno a los siete días en que se desarrollan los acontecimientos descritos y las horas monásticas que regulan la jornada de los monjes.
La dificultad está en el contexto en que se desarrolla la trama y que se explica detalladamente en las primeras páginas, introduciendo digresiones en el relato de Adso: la política y la religión, los movimientos heréticos, las discusiones sobre la pobreza contra la corrupción de la Iglesia Católica y su uso político, el poder creciente de las ciudades y la disputa entre la preservación del conocimiento o su difusión. Además, intervienen e influyen muchísimos personajes, tanto en el microcosmos de la Abadía y en el relato de la novela, como en el contexto religioso y político en el que se desarrolla la historia. Esto genera varias capas de lectura de la obra. Puedes quedarte con el relato detectivesco, pero puedes leerla como un ensayo histórico sobre la herejía, la filosofía del conocimiento, el fanatismo de la pureza, la relación entre Iglesia y Estado, y otros diversos temas.
Cada personaje de la novela actúa conforme a su posición en ese entramado. La tesis de Eco, sobre este aspecto es que, dadas las condiciones del escenario propuesto, los personajes no podrían haber actuado de otra manera. Envenenar a un monje en una Abadía benedictina italiana de principios del siglo XIV, durante el papado de Juan XXII, solo podría haber ocurrido como lo cuenta Eco y precisamente por los motivos descritos.
Otra forma de expresar esto mismo es que, en un universo narrativo dado, existen unas reglas que los personajes y situaciones deben respetar. Por eso, cuando se adaptan o se extienden esos universos el resultado chirría si no se puede justificar basándose en esas reglas. Estas reglas pueden existir o no en el mundo real. En el caso de “El nombre de la rosa”, al tratarse de una novela histórica, las reglas vienen de ese mundo real que Eco extrajo de su profundo conocimiento de la época, que él consideraba directo, al ser un estudioso de las obras originales.
La adaptación de “El nombre de la rosa” al cine opta por reducir el alcance, manteniendo básicamente las reglas del universo de la novela. En ese sentido es una adaptación correcta, pero con muchas omisiones que la hacen sentir incompleta. Los cambios más importantes se dan en el final, pero yo diría no van contra las reglas de la propia novela. Sin embargo, la muerte de Bernardo, que es un personaje histórico real, sería un error de la obra cinematográfica.
La novela mezcla personajes históricos reales, como Ubertino da Casale, Michele da Cesena o el mismo Bernardo Gui. De hecho, creo que no me equivoco al decir que todos los miembros de las legaciones que asisten al encuentro sobre la pobreza existieron y defendieron esas ideas. Además, tenemos la influencia de otros muchos personajes que no están presentes en el relato: el hereje Dulcino, el Papa Juan XXII, el Emperador, el mismísimo Guillermo de Ockham…
Guillermo de Baskerville estuvo a punto de ser Guillermo de Ockham. Pero a Eco no le caía bien y finalmente optó por homenajear a Sherlock Holmes en la forma de un fraile franciscano inglés muy próximo al histórico, y que representa sus ideas en la novela. Hay otras referencias similares. La más conocida y obvia: Jorge de Burgos, un homenaje inevitable a Jorge Luis Borges, pues ciego y biblioteca solo puede dar como resultado Borges.
El resto de personajes son ficticios, pero perfectamente plausibles y verosímiles. Adso, por su parte, desempeña un doble rol. Como novicio, participa en la acción de la obra, una acción que en ese momento no entiendo, pero nos la cuenta siendo ya un anciano, al final del siglo XIV, con la distancia de la edad y la asunción de su muerte cercana. De aquella historia, solo queda su relato.
Eco hace un juego de capas, un artificio que le permita escribir la novela como si fuese una narración medioeval genuina, manteniendo a la vez una distancia irónica. En la introducción del libro, nos dice que la historia es la traducción de una crónica de un desconocido monje alemán, traducida por un erudito francés (el abate Vallet), a la cual accedió de una manera casual y accidentada. Pero aún habría más, porque en el fondo, el relato de Adso es la historia de Guillermo de Baskerville, la cual presenció en su adolescencia y nos cuenta cuando es anciano.
Esta complejidad se pierde en la versión cinematográfica y es, quizá, la razón de que sea considerada muy inferior al original. Pero, a la vez, la lectura que ofrece la película es una lectura completamente legítima de la novela: la lectura ingenua.
“El nombre de la rosa” nos habla desde el pasado sobre cuestiones que nos preocupan en el mundo actual. Temas universales de los que seguiremos discutiendo mientras la Humanidad exista. Me pregunto que hubiese pensado Eco del desarrollo actual de la tecnología de la Inteligencia Artificial, pero imagino que podría haberla analizado en los términos de Apocalípticos e Integrados.